Mostrando entradas con la etiqueta cultura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cultura. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de abril de 2016

El cantante

En mi sesión de música camboyana de hoy me presentaron a este cantante. Se llamó Sinn Sisamouth, se conoce como el "King of Khmer music", y fue muy famoso entre los 50 y los 70. En 1976 fue asesinado durante la guerra por los jemeres rojos, pero hoy sigue siendo una leyenda. Aquí está una de sus canciones y abajo la versión pop.  

Sin Sisamuth - ស៊ិន ស៊ីសាមុត - Sday Sneh Aphorp - ស្ដាយស្នេហ៍អភ័ព្វ - Sday Snea Aphorp

AGO "Sday Snea Aphorp" (Original by Sin Sy Samuth)

domingo, 27 de marzo de 2016

Aprendiendo a ser profe

- What do you think of this picture? 

Fue la pregunta que les hice a mis estudiantes el segundo día de clase mientras les mostraba una hermosa fotografía de National Geographic donde aparece el primer plano de una mujer que llora en medio de otras mujeres en una boda en la India.

- Is ugly, teacher. Respondieron en coro.
- Why do you think it is ugly? Les pregunté, soprendida.
- The woman is crying. People crying is not pretty.

El inglés no es mi primera lengua. Ni mi segunda. De hecho, el inglés no es mi lengua. Soy del tipo de personas que se refiere a una cámara como she aunque sea un it, supongo que eso mismo les pasa a mis estudiantes camboyanos cuando se refieren a un niño como un it porque en su idioma solo se empieza a ser he o she a cierta edad, cuando sos chiquito sos solo un it, igual que una cámara o una lágrima.

Cuando venía para Camboya una de mis preocupaciones más grandes era el idioma, consciente de que ni ellos ni yo teníamos el inglés como primera lengua, mi apuesta fue por llegar a inventarme un lenguaje común, y de manera egocéntrica pensé que iba a ser la imagen, después de todo venía a enseñar teoría de la imagen que incluía fotografía y narrativa audiovisual, y para eso llegué cargada de fotos y videos hechos por estudiantes "como ellos" pero del otro lado del mundo.

Desde la primera clase me di cuenta de que ninguno de los cortos que había traído me iba a servir, pues estoy trabajando con chicos del campo en un país que vive en la edad media con WiFi, la mayoría de ellos no tiene televisión, y ninguno ha entrado a una sala de cine. No tienen referentes audiovisuales más allá de lo que encuentran en Facebook, porque aquí el cine por internet está muy regulado. No han visto Matrix, no saben qué son los Óscars, ni han oído hablar de Marlon Brando. Su cine son los Soap Operas tailandeses de mínimo presupuesto que ven en el televisor de alguna tienda cuando paran a comprar jabón, y las películas chinas que proyectan en la pared del café internet de Don Bosco los viernes por la noche, que son las que les gustan y con las que disfrutan su tiempo libre. Comparados con ellas, los cortos que les traje producidos en nuestra tierrita son violentos, aburridos y difíciles de entender.

Igual que con el lenguaje hablado, ser un she o un it pasa con la imagen, pero uno no lo piensa hasta que llega hasta aquí y se da cuenta. No hay un lenguaje universal. Lo primero que estoy tratando de entender es que aquí no hay diferencia entre la fotografía y su contenido. Si lo que hay en ella les parece feo, entonces la fotografía es fea. Y feo es todo aquello que no les gusta o que les da miedo, como una persona que sufre, un cocodrilo o el fondo del mar. ¿Qué tiene de bonito un árbol? es una mesa sin construir, no hay nada allí; y, ¿para qué fotografiar un gato, si hay miles en la calle?, un cerdo o una vaca son comida, y simplemente it.

La foto de la mujer es fea porque llora. No importan la composición, el color, el foco, el detalle o la luz. Para ellos hay una she donde yo veo muchos it. Hay una mujer llorando, y eso es todo. ¿Lo demás? Lo demás dejémoslo para nosotros, pequeñoburgueses intelectuales que seguimos creyendo que siempre hay más, cuando en realidad siempre debería haber menos. Una foto es lo que comunica, y si ella comunica tristeza no hay por qué decir que es bonita. Más simple no puede ser.

¿Qué les voy a aprender mañana? Son las cinco y no he preparado su clase.

sábado, 5 de marzo de 2016

El karma de Missi y Charly


Missi y Charly son dos golden retriever, un par de hermanos juguetones que tienen más o menos ocho meses, el tiempo suficiente para ser perros grandes, fuertes, e incluso amenazantes para quien no esté acostumbrado a convivir con este tipo de razas. A diferencia de la mayoría de los perros en Camboya, ellos tuvieron la fortuna de crecer entre humanos en una escuela técnica, que además tiene jardín infantil e internado.  Hasta aquí la historia es muy simple, pero la mala suerte es que nacieron en un país donde los perros son comida, de hecho, los perros, particularmente los negros, son un plato muy apetecido en el año nuevo jemer en abril. Es decir que la esperanza de vida perruna en muchos casos es solamente de un año, y cada 365 días se renueva buena parte de la población canina del vecindario.

Hoy Missi y Charly se van de la escuela. Su mantenimiento es costoso, a los estudiantes no les interesa cuidarlos, los voluntarios tenemos demasiado trabajo y no estamos disponibles todo el tiempo,  y sobre todo, algunos camboyanos consideran que por su tamaño pueden ser peligrosos para los niños del jardín infantil que ya han tenido un par de sustos por ataques de cariño exagerados que les han dado los perros. Estamos de luto, pero este drama no sería tan grande si en lugar de labradores se tratara de cerdos o de vacas. ¿Quiénes creemos que somos para decidir que la vida de un animal vale más que la vida de otro?

Missi y Charly se van con un vecino filipino que tiene un hotel. Allá seguirán viviendo entre turistas que los tratarán con más cariño y cuidado del que tienen la mayoría de los niños de este pueblo.  Tal vez sea su karma, o simplemente hay perros con suerte.



sábado, 27 de febrero de 2016

Matrimonio camboyano



La noche que llegué a Camboya me arrulló una música que sonaba lejos. El matrimonio es tal vez el momento más importante en la vida para los jóvenes camboyanos. Las mujeres se mantienen puras y virtuosas para encontrar un hombre que las merezca, que ojalá sea rico, pero si no es rico debe tener, al menos, los cuatro mil dólares para la fiesta, y el pago de la dote. Aquí todavía se usa que la gente se case por conveniencia, y aunque exista el amor entre dos personas, los jóvenes siempre harán lo que les ordenan sus padres porque desobedecer es atraer una maldición para ellos y para su prole. Por fortuna para todos, este matrimonio fue por amor.

Cuando uno va por la carretera encuentra en el camino, en la mitad de la nada y ocupando hasta un carril completo, carpas blancas con telas de colores que cuelgan a los lados. Siempre hay muchísimas mesas dentro de las carpas con sillas Rimax vestidas de fiesta, con moños inmensos en la parte de atrás y de colores muy vivos. El matrimonio dura tres días. Uno para la celebración de las familias, el segundo es para realizar el ritual religioso, y el tercero para invitar a los amigos y vecinos, es decir, para mantener el estatus.

Llegamos a eso de las ocho de la noche. Al entrar a la casa había un par de cuadros con un foto estudio de la pareja. A un lado estaba el novio con sus mejores amigos y familiares más cercanos y al frente debería estar la novia, pero solo estaban sus damas, un grupo de adolescentes camboyanas que se paran en la puerta como revisando a los hombres que entran  con la esperanza de que alguno de ellos se convierta en su esposo.  El evento fue en la casa de la familia del novio, aunque casi siempre es en el de la novia, una construcción principal de cemento de dos niveles, chiquita y sencilla, con piso de tierra alrededor, mucho matorral, basuras en el suelo, piedras, bolsas plásticas y latas de cerveza debajo de las palmeras al frente a la casa de ladrillo. También había un par de chozas de bambú con techo de paja que parecían ser parte del conjunto. Junto a la entrada hay una mesa con un corazón dorado con una ranura en la mitad, como una alcancía, por la que se meten las invitaciones con dinero adentro. Diez dólares son suficientes.

Junto a la construcción principal estaba la tarima con amplificación y luces de colores, donde un grupo de música local interpretaba pop camboyano que bailaban cuatro coristas con minifaldas y escotes que en nada se parecen a las chicas que he visto en Don Bosco, la escuela técnica a la que vine como profesora voluntaria. El sonido era espantoso, se escuchaba en toda la provincia y uno solo podría intuir el ritmo de la música si estaba a medio kilómetro, pues en el sitio todo era distorsión. Al frente de la tarima había varias carpas, y debajo de cada techo estaban las mesas preparadas. Cuando llegamos todas estaban ocupadas, pero como íbamos con Albeiro, el rector de la escuela, nos desocuparon una mesa debajo de una palmera cargada de cocos, con el riesgo de que a cualquiera le cayera uno en la cabeza. Yo era la única mujer en la mesa, y además la única extranjera, porque él ya es más camboyano que cualquiera. Al frente de cada silla hay una bolsa donde se encuentran una taza, un vaso, una coquita para echar salsas, un pitillo, los chopsticks, una cuchara honda y una galleta waffer empacada. Todo envuelto en una bolsa plástica y cerrado con una tirita como si hubiera sido esterilizado. Había además botellas de agua, cerveza Ankor y latas de 7 Up.

Nuestros compañeros de mesa eran algunos profesores, estudiantes de Don Bosco y amigos del hermano del novio, pero además somos vecinos, y eso nos daba el derecho de asistir. Lo primero que trajeron fue el hielo que echaron en cada vaso. La mesa tiene en el centro un círculo metálico que gira, como si fuera una mesa dentro de la mesa; en ella se pone la comida, de modo que nadie le pasa nada a nadie, sino que la comida gira en un sinfín para que cada uno pueda servirse. Los platos son colectivos y cada quien se va sirviendo lo que se le antoja. En la primera tanda pusieron una olla de arroz, un plato de vegetales con mucho limoncillo y camarones, un pescado enorme horneado y envuelto en papel aluminio, y una coca con pollo cocinado en agua, partido en lonjas con los huesos y la piel. También llegaron algunas salsas y ajíes, un plato con maní y otro con tomate picado.

Como si se tratara del inicio de una maratón, la mesa del centro empezó a girar, quitaron las tapas de cada olla, le arrebataron al pescado la piel de aluminio, cada uno se sirvió sus salsas en las respectivas cocas personales y al mismo tiempo los ocho comensales empezaron a servirse, cada uno con sus propios palitos un poquito de una cosa, otro poquito de otra. Cuando mandé mi mano para servirme hubo un silencio y todos en la mesa me miraron de reojo, como evaluando. Cogí con firmeza un pedazo de pollo y lo puse en el plato. Fue mi primera, y hasta ahora, única victoria en Camboya. El vecino me puso más hielo en el vaso, el pitillo y me sirvió cerveza con un honesto gesto de amistad. Se elevaron todos los vasos e hicieron el brindis en jemer: choul muy. Cerveza en vaso con hielo y pitillo, esa es la bebida alcohólica oficial en Camboya.

Probé cada receta, me serví un poquito de cada uno de los platos, primero solos para ensayar el sabor y después iba mezclando unos con otros: pollo, pollo con vegetales, arroz, vegetales con arroz y sobrado de pollo, pescado, pescado con arroz, maní en pescado, tomate, tomate con camarones, pollo con tomate y camarones. Todo pega, todo se mezcla, todo funciona solo y acompañado. Es increíble. Mi vecino me servía cerveza y se hacían más o menos un brindis por minuto en un ritual en el que te servís, comés, brindás, te servís, comés, brindás, y así unas 100 mesas debajo de las carpas durante todo el día y toda la noche. Para eso son los cuatro mil dólares, no hay luna de miel. Había algunos niños descalzos que caminaban por entre los invitados a la fiesta recogiendo las latas, quisiera creer que para reciclarlas.

Al fondo sonaba la música, el grupo cantaba, la novia revoloteaba de mesa en mesa con su vestido fucsia con brillantes y su peluca anaranjada con una moña que la hacía crecer unos diez centímetros. El maquillaje le hacía ver la piel más blanca que si fuera aria y los ojos muy pintados de negro. Estaba feliz, muy elegante y todos decían que se veía hermosa. Siempre cargó su bolso, como si fuera su posesión más preciosa. El novio en cambio se sentía más pausado y silencioso, con su camisa rosada de seda y prendedores brillantes que le colgaban del pecho como si fueran condecoraciones militares pero con dorados y diamantes, y un dije enorme con una piedra morada que era imposible no mirar cuando caminaba entre la gente. Se acabó la comida en la mesa, y llegó el plato principal, esta vez fue una sopa camboyana con vegetales y base de pescado, el cuerpo entero de un pato que se despedazaba con los palitos para comer, más vegetales con limoncillo de esos que me encantaron, y en lugar de arroz, pasta. Llegó más cerveza, más hielo y otra vez comenzó el ritual. Nadie se para hasta que se acabe todo lo que hay, pero todo el tiempo se desocupa una mesa, se quitan los platos sucios, se voltea al revés el mantel, se ponen bolsas con vasos, pitillos, cocas, palitos  y galletas nuevas, y se sientan otros vecinos o parientes lejanos a empezar nuevamente el ritual. Un par de horas después dejaron de entrar invitados, y solo quedaron los jóvenes que se pararon a bailar igual a como lo hacen en cualquier discoteca del mundo, pero sin perreo.


Dimos una vuelta, saludamos a los novios, a los suegros y nos fuimos. A esa hora ya había una moto con un remolque cargando las sillas con espaldar de corazón en el que se sientan las damas de honor en la recepción, y algunos vendedores de comida junto a la puerta, como si no hubiera sido suficiente el banquete. No sé hasta qué horas duró la fiesta. Tampoco sé con certeza qué comí. No sé qué escuché. No sé qué deseé en cada brindis. Ni siquiera sé cómo se llamaban los novios. Lo que sí sé es que es uno de los matrimonios más hermosos en los que he estado en mi vida, porque la formación de  una nueva familia se comparte con toda la comunidad. También sé que en Colombia, por catorce millones de pesos no se hace una fiesta en donde comen, bailan y beben todos en el barrio durante tres días.