La noche que llegué a Camboya me arrulló una música que
sonaba lejos. El matrimonio es tal vez el momento más importante en la vida para
los jóvenes camboyanos. Las mujeres se mantienen puras y virtuosas para
encontrar un hombre que las merezca, que ojalá sea rico, pero si no es rico debe
tener, al menos, los cuatro mil dólares para la fiesta, y el pago de la dote.
Aquí todavía se usa que la gente se case por conveniencia, y aunque exista el
amor entre dos personas, los jóvenes siempre harán lo que les ordenan sus
padres porque desobedecer es atraer una maldición para ellos y para su prole. Por
fortuna para todos, este matrimonio fue por amor.
Cuando uno va por la carretera encuentra en el camino, en la
mitad de la nada y ocupando hasta un carril completo, carpas blancas con telas
de colores que cuelgan a los lados. Siempre hay muchísimas mesas dentro de las
carpas con sillas Rimax vestidas de fiesta, con moños inmensos en la parte de
atrás y de colores muy vivos. El matrimonio dura tres días. Uno para la
celebración de las familias, el segundo es para realizar el ritual religioso, y
el tercero para invitar a los amigos y vecinos, es decir, para mantener el
estatus.
Llegamos a eso de las ocho de la noche. Al entrar a la casa
había un par de cuadros con un foto estudio de la pareja. A un lado estaba el
novio con sus mejores amigos y familiares más cercanos y al frente debería
estar la novia, pero solo estaban sus damas, un grupo de adolescentes
camboyanas que se paran en la puerta como revisando a los hombres que
entran con la esperanza de que alguno de
ellos se convierta en su esposo. El
evento fue en la casa de la familia del novio, aunque casi siempre es en el de la novia, una construcción principal de cemento de dos niveles, chiquita
y sencilla, con piso de tierra alrededor, mucho matorral, basuras en el suelo,
piedras, bolsas plásticas y latas de cerveza debajo de las palmeras al frente a
la casa de ladrillo. También había un par de chozas de bambú con techo de paja
que parecían ser parte del conjunto. Junto a la entrada hay una mesa con un
corazón dorado con una ranura en la mitad, como una alcancía, por la que se
meten las invitaciones con dinero adentro. Diez dólares son
suficientes.
Junto a la construcción principal estaba la tarima con
amplificación y luces de colores, donde un grupo de música local interpretaba pop
camboyano que bailaban cuatro coristas con minifaldas y escotes que en nada se
parecen a las chicas que he visto en Don Bosco, la escuela técnica a la que
vine como profesora voluntaria. El sonido era espantoso, se escuchaba en toda
la provincia y uno solo podría intuir el ritmo de la música si estaba a medio
kilómetro, pues en el sitio todo era distorsión. Al frente de la tarima había varias
carpas, y debajo de cada techo estaban las mesas preparadas. Cuando llegamos
todas estaban ocupadas, pero como íbamos con Albeiro, el rector de la escuela,
nos desocuparon una mesa debajo de una palmera cargada de cocos, con el riesgo
de que a cualquiera le cayera uno en la cabeza. Yo era la única mujer en la
mesa, y además la única extranjera, porque él ya es más camboyano que cualquiera. Al
frente de cada silla hay una bolsa donde se encuentran una taza, un vaso, una
coquita para echar salsas, un pitillo, los chopsticks, una cuchara honda y una
galleta waffer empacada. Todo envuelto en una bolsa plástica y cerrado con una
tirita como si hubiera sido esterilizado. Había además botellas de agua,
cerveza Ankor y latas de 7 Up.
Nuestros compañeros de mesa eran algunos profesores, estudiantes
de Don Bosco y amigos del hermano del novio, pero además somos vecinos, y eso
nos daba el derecho de asistir. Lo primero que trajeron fue el hielo que
echaron en cada vaso. La mesa tiene en el centro un círculo metálico que gira,
como si fuera una mesa dentro de la mesa; en ella se pone la comida, de modo
que nadie le pasa nada a nadie, sino que la comida gira en un sinfín para que
cada uno pueda servirse. Los platos son colectivos y cada quien se va sirviendo
lo que se le antoja. En la primera tanda pusieron una olla de arroz, un plato
de vegetales con mucho limoncillo y camarones, un pescado enorme horneado y
envuelto en papel aluminio, y una coca con pollo cocinado en agua, partido en
lonjas con los huesos y la piel. También llegaron algunas salsas y ajíes, un
plato con maní y otro con tomate picado.
Como si se tratara del inicio de una maratón, la mesa del
centro empezó a girar, quitaron las tapas de cada olla, le arrebataron al
pescado la piel de aluminio, cada uno se sirvió sus salsas en las respectivas
cocas personales y al mismo tiempo los ocho comensales empezaron a servirse,
cada uno con sus propios palitos un poquito de una cosa, otro poquito de otra. Cuando
mandé mi mano para servirme hubo un silencio y todos en la mesa me miraron de
reojo, como evaluando. Cogí con firmeza un pedazo de pollo y lo puse en el
plato. Fue mi primera, y hasta ahora, única victoria en Camboya. El vecino me
puso más hielo en el vaso, el pitillo y me sirvió cerveza con un honesto gesto
de amistad. Se elevaron todos los vasos e hicieron el brindis en jemer: choul muy. Cerveza en vaso con hielo y
pitillo, esa es la bebida alcohólica oficial en Camboya.
Probé cada receta, me serví un poquito de cada uno de los
platos, primero solos para ensayar el sabor y después iba mezclando unos con
otros: pollo, pollo con vegetales, arroz, vegetales con arroz y sobrado de
pollo, pescado, pescado con arroz, maní en pescado, tomate, tomate con camarones,
pollo con tomate y camarones. Todo pega, todo se mezcla, todo funciona solo y
acompañado. Es increíble. Mi vecino me servía cerveza y se hacían más o menos
un brindis por minuto en un ritual en el que te servís, comés, brindás, te servís,
comés, brindás, y así unas 100 mesas debajo de las carpas durante todo el día y
toda la noche. Para eso son los cuatro mil dólares, no hay luna de miel. Había
algunos niños descalzos que caminaban por entre los invitados a la fiesta
recogiendo las latas, quisiera creer que para reciclarlas.
Al fondo sonaba la música, el grupo cantaba, la novia
revoloteaba de mesa en mesa con su vestido fucsia con brillantes y su peluca anaranjada con una moña que la hacía crecer unos diez centímetros. El maquillaje
le hacía ver la piel más blanca que si fuera aria y los ojos muy pintados de
negro. Estaba feliz, muy elegante y todos decían que se veía hermosa. Siempre
cargó su bolso, como si fuera su posesión más preciosa. El novio en cambio se sentía
más pausado y silencioso, con su camisa rosada de seda y prendedores brillantes
que le colgaban del pecho como si fueran condecoraciones militares pero con
dorados y diamantes, y un dije enorme con una piedra morada que era imposible
no mirar cuando caminaba entre la gente. Se acabó la comida en la mesa, y llegó
el plato principal, esta vez fue una sopa camboyana con vegetales y base de
pescado, el cuerpo entero de un pato que se despedazaba con los palitos para
comer, más vegetales con limoncillo de esos que me encantaron, y en lugar de
arroz, pasta. Llegó más cerveza, más hielo y otra vez comenzó el ritual. Nadie
se para hasta que se acabe todo lo que hay, pero todo el tiempo se desocupa una
mesa, se quitan los platos sucios, se voltea al revés el mantel, se ponen
bolsas con vasos, pitillos, cocas, palitos y galletas nuevas, y se sientan
otros vecinos o parientes lejanos a empezar nuevamente el ritual. Un par de
horas después dejaron de entrar invitados, y solo quedaron los jóvenes que se
pararon a bailar igual a como lo hacen en cualquier discoteca del mundo, pero
sin perreo.
Dimos una vuelta, saludamos a los novios, a los suegros y
nos fuimos. A esa hora ya había una moto con un remolque cargando las sillas
con espaldar de corazón en el que se sientan las damas de honor en la
recepción, y algunos vendedores de comida junto a la puerta, como si no hubiera
sido suficiente el banquete. No sé hasta qué horas duró la fiesta. Tampoco sé
con certeza qué comí. No sé qué escuché. No sé qué deseé en cada brindis. Ni
siquiera sé cómo se llamaban los novios. Lo que sí sé es que es uno de los
matrimonios más hermosos en los que he estado en mi vida, porque la formación
de una nueva familia se comparte con toda
la comunidad. También sé que en Colombia, por catorce millones de pesos no
se hace una fiesta en donde comen, bailan y beben todos en el barrio durante
tres días.


Gracias Silvia por compartirnos tu alucinante experiencia. Estaré atenta a nuevas historias.
ResponderEliminarUn abrazo!
Muy bella descripción, la cultura de conocer culturas
ResponderEliminarSaludos Silvia, me tocó vivir un matrimonio similar en Kampot, cerveza y agua, una tarima inmensa y un sonido aterrador. Funciona igual aquí en Laos. Un abrazo, me alegra haber encontrado esta espacio.
ResponderEliminarGracias Cordobita. Me hiciste sentir en Camboya estando aquí en Medallo. Te sentí cerquita, como si estuviéramos en un aquelarre y nos estuvieras contando. Sé que estas feliz. Qué más le podés pedir a la vida?Te quiero . Besitos
ResponderEliminar